Home Colaboraciones Cómo navegar en un bote en alta mar sin remos: la gran...

¿A qué sabrá el vino cuando se ha perdido el sentido del gusto? ¿Cuáles serán los colores del amanecer cuando aun abriendo los ojos, no podemos distinguir los colores? ¿Cómo se sentirá el pasto cuando al recostarse sobre él, no podemos sentir absolutamente nada? ¿En dónde colocar la mano cuando hemos perdido la noción de donde ha quedado el corazón? Estás y muchas más preguntas son las que atormentan a Jep Gambardella, un escritor que al haber encontrado el hilo negro de la fama, se retiró a dormir una siesta cuyo letargo en el eclipse de su vida apenas se resiste a despertar.

Con un departamento con vista al coliseo, fiestas en donde la música suena a todo volumen, comida que abunda por todos lados y apenas uno que otro bocado ha desaparecido en el transcurso de la noche, creador de uno de los libros más importantes de la modernidad, conocido y alabado por todos, quienes se acercan a saludar hipócritamente y como diálogo de bienvenida en ocasiones se recibe nada más que una palabra o frase llena de desdén y cada vez que se toca la cama, la imaginación lo transporta a un mar azul claro, no hay identidad del mismo, solo el oleaje que va y viene.

La Gran Belleza recuerda por su temática a la Dolce Vita de Fellini, esa decadencia de la alta sociedad romana entregada a los excesos, a las pláticas pseudointelectuales que los hacen sentir importantes, el sexo vano y sin sentido, la búsqueda de ese lugar en cual estar tranquilo y en paz, el cómo al tenerlo todo en apariencia no se tiene absolutamente nada y en ese sentido su director Paolo Sorrentino no es nada ligero en su discurso, se toma su tiempo para exhibir por momentos de manera estilizada, por momentos vulgar ese retrato frío y frívolo de la sociedad, un círculo carente de clase y buen gusto.

Cabe destacar que los personajes construidos en este mundo son un reflejo perfecto de la decadencia social, moral e intelectual,  son bosquejos de aquello que un día fueron pero que ahora han perdido todo brillo, toda estela,  viven en la idea de que aún son grandes, Jep se convierte en un testigo silente de todo aquello, reflexiona, piensa y por momentos hiere, porque sus palabras son agudas y filosas como cuchillos, ese viaje emocional en el que se embarca parece ir hacia ningún lado, cuando reflexiona hacia donde se ha ido el tiempo, sus manos ya no son jóvenes, su pelo es cano, su energía no es la misma y es cuando se ha dado cuenta que ha vivido en un bote en alta mar sin remo, dejándose llevar por la marea, hacia ninguna parte.

Este relato es muy propio del Neorrealismo Italiano, donde se retrataban este tipo de angustias existenciales de la sociedad romana, ya lo había planteado en su tiempo Fellini, De Sica, Antonioni e incluso el escritor Julio Cortázar en su Rayuela ya lo vislumbraba (sólo que él prefiere París), que todos somos esclavos de los deseos, vivimos de la imagen y la palabra,  ésta nos levanta y nos puede tumbar en el suelo hasta morder el polvo…donde al estar ahí nos damos cuenta que sólo quedan los recuerdos.

Oswaldo Tagle Damasco.